Leonard de los Andes

La historia que me eligió a mí

A veces pienso que mi trabajo empezó mucho antes de que yo naciera. ¿Dónde empezamos nosotros como individuos y dónde termina la herencia genética y familiar? A primera vista, no vengo de una familia de la que uno pudiera decir que mi camino en las artes estaba predestinado. Pero hay pequeñas piezas que uno recoge en el camino, y que solo con el tiempo uno empieza a entender que forman el complejo rompecabezas que somos nosotros. Siempre es muy intrigante para mí descubrir las piezas y darme cuenta de que, por más que intentemos, el mosaico nunca termina de ser armado. Y que siempre aparecen piezas, tanto del presente como del pasado, que siguen armando, complementando a las piezas existentes y a las piezas del futuro que aún estamos por descubrir.

El amor por la ópera de mis abuelas, la participación de mi mamá en una producción escolar de Fiddler on the Roof cuando se encontraba de intercambio, mi bisabuelo clarinetista. Todas piezas que se complementan.
Y, por supuesto, el origen de este texto: una foto de mi abuelo que vi por primera vez en casa de mi tía cuando estaba estudiando en Alemania en 2004.

La foto en sí no es nada excepcional. Una reunión social de tres personas muy bien arregladas. Aparentemente en una fiesta o un vino de honor. Nada que digas “esto le cambiará la vida a un joven aficionado a los musicales”, excepto que la compañía de mi abuelo no es nada más y nada menos que Leonard Bernstein y Felicia Montealegre.

Mi abuelo Felicia Montealegre y Leonard

Mi abuelo fue diplomático y parte de su carrera la pasó en Nueva York. Mi tía no conocía el contexto de la fotografía, y por mucho tiempo asumí que fue un encuentro en esos círculos. De por sí, ya eso es un “memento memorable”. Una foto con uno de los más grandes directores de orquesta y compositores del siglo XX. 

Y en lo que nos concierne a los theater kids, su contribución al teatro musical es innegable: West Side Story, Candide, On the Town. Y su trabajo como educador musical a mí siempre me llegó profundo. Sus grabaciones y narraciones de obras como El carnaval de los animales de Saint-Saëns, Pedro y el lobo de Prokofiev y, por supuesto, La guía de orquesta para jóvenes de Britten forman parte de mis experiencias musicales más tempranas y queridas.

Al regresar de Alemania, una de las primeras cosas que hice fue consultar a mi abuelo sobre la foto. Y si bien su memoria no era entonces el prodigio que yo admiraba, me contó casi de forma nonchalant la historia de la visita de la Filarmónica de Nueva York a La Paz bajo la batuta del maestro Bernstein, que él había coorganizado. Específicamente, ese era el momento del vino de honor posterior a uno de los dos conciertos realizados en el Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez, en el que mi abuelo le hizo el obsequio de una quena.

Bernstein intentando sacar sonido a la quena. 

La verdad es que por mucho tiempo me mantuve algo escéptico ante la historia de mi abuelo, y durante 15 años la historia se mantuvo como parte de la mitología familiar. No fue hasta el 2020, en pleno encierro de pandemia, que retomé la investigación de esta fascinante historia cuando, en plena búsqueda de actividades caseras, nos pusimos a ordenar cajas con mi mamá y encontré un programa de esa noche. Se despertó una necesidad de recordar todos los detalles narrados por mi abuelo y contar la historia.

Pero un poco de contexto primero.

1958: Un maestro en Sudamérica, la diplomacia de las artes

En 1958, mientras el mundo se tensaba entre bandos, ideologías y silencios peligrosos, Leonard Bernstein tomó su batuta y decidió hablar con música. Acompañado de la Orquesta Filarmónica de Nueva York y de su compañera de vida, la actriz costarricense-chilena Felicia Montealegre, se embarcó en una gira que cruzaría Sudamérica de punta a punta. Pero lo que parecía solo un recorrido artístico fue, en realidad, un acto de fe: en el arte como puente, en la cultura como abrazo, en la música como lenguaje universal.

Detrás de este viaje había mucho más que partituras y ensayos: se trataba de una apuesta política y cultural en plena Guerra Fría. La gira por Sudamérica, organizada por el Programa Especial Internacional del Departamento de Estado de EE. UU., formaba parte de una estrategia de diplomacia cultural impulsada por la administración de “Ike” Eisenhower. En un mundo dividido, Estados Unidos apostaba por el "poder blando", promoviendo sus valores a través del arte, la cultura y la belleza compartida.

Pero Leonard Bernstein no fue simplemente un emisario con una misión diplomática: fue un espíritu libre, apasionado, que creía profundamente que la música podía cambiar el mundo. Y eso se notaba. Hablaba español, amaba este continente (su matrimonio con Felicia tejía un lazo íntimo y real con la región), y en cada parada dejaba claro que no venía a enseñar, sino a celebrar. Con su carisma natural, su inteligencia encantadora y el magnetismo de Felicia a su lado, Bernstein se convirtió en el embajador perfecto, no por encargo oficial, sino por convicción personal.

En siete semanas ofrecieron 39 conciertos, visitando Caracas, Bogotá, Lima, Santiago, Buenos Aires, Montevideo y, por supuesto, La Paz. La música latinoamericana había dejado huella en Bernstein desde antes. Su amistad con Carlos Chávez, su fascinación por los colores orquestales de Villa-Lobos, sus noches en La Habana escuchando orquestas afrocubanas —todo eso lo transformó. Esos sonidos, esos ritmos, esos acentos le hablaban. Le inspiraban. Se colaron en sus obras, como en el explosivo Mambo de West Side Story. Grabó el álbum Latin American Fiesta, dirigió esas obras en conciertos didácticos, las convirtió en parte de su lenguaje.


Esa gira fue mucho más que un evento cultural. Fue una declaración de amor por el arte con causa, por la música sin fronteras, por la belleza que se comparte. Hoy, al recordarla, no solo vemos un capítulo brillante en la historia musical: vemos una lección urgente y vigente. Porque cuando un artista viaja con el corazón abierto, cuando la música se vuelve acto político, abrazo humano, celebración del otro… entonces sí, el arte transforma.

Y Bernstein lo supo siempre: el mundo no necesita más discursos. Necesita más conciertos como los de esa gira.

Mi abuelo, sin querer, enseñándome a hacer posible lo imposible

Mi abuelo tiene una historia de vida fascinante —aunque este no sea el momento de contarla completa. Transitó por la arquitectura, el periodismo, el derecho y la diplomacia con una curiosidad voraz, con esa mezcla de rigor e imaginación que hoy entiendo tan bien. Durante mucho tiempo yo lo vi solo como “el abogado”. Así pasa en las familias: los adultos se nos presentan en versiones simplificadas. Pero con los años descubrí que nuestras vidas habían estado rimando sin que yo lo supiera. Él también fue un gestor cultural. Uno de esos que no esperan que las cosas pasen: las provocan. Que luchan por hacer realidad lo que todos alrededor consideran imposible.

Y si alguna vez dudé del poder del arte para entrelazar destinos, bastó con escuchar la historia de cómo Leonard Bernstein terminó dirigiendo su concierto en los Andes. Fue el 16 de mayo de 1958 en La Paz —y no es casual que decida compartir esto justo hoy. Aquella noche en que el Teatro Municipal no fue solo un evento musical: fue una pequeña revolución. Una señal luminosa de que lo extraordinario también puede suceder aquí, en nuestras alturas, contra todo pronóstico.

Hoy recuerdo con cariño el día que él me contó esa historia. Mi abuelo, con esa calma suya de persona que ya lo ha visto todo, me dijo: “Traer a Bernstein fue una obra titánica”. No lo decía con orgullo fanfarrón, sino con esa mezcla de cansancio y maravilla que solo conocen los que han empujado montañas con las manos.

Porque detrás del concierto hubo negociaciones con la embajada, coordinación con el Departamento de Estado, cartas enviadas a Nueva York en papel y tinta, trámites burocráticos que hoy sonarían absurdos y tiempos que no daban tregua. Y, como siempre, la necesidad de buscar auspicios bajo cada piedra. No sabré yo lo que es eso aún ahora. El arte, entonces como ahora, dependía no solo del talento sino tambien de las voluntades: de quienes creen que vale la pena mover cielo y tierra por una noche de música. El monto a conseguir fue de 2000 $us—una cifra que, ajustada a hoy, ronda los 25.000—, sin contar lo que había que cubrir desde la logística del traslado hasta detalles como impresiones y difusión. Una odisea con todas las letras.

Y además, había que buscar alojamiento para los 105 músicos —ni uno menos—, todos con necesidades específicas, instrumentos delicados y ritmos diferentes. Terminaron distribuidos entre el Hotel Crillón, el Hotel Copacabana y el Sucre Palace Hotel, tres de los pocos espacios en La Paz que podían asumir semejante reto. Y como era 1958, no existían redes sociales, ni equipos de producción como los que hoy damos por sentados, ni una estructura de respaldo que facilitara el trabajo. Era puro ingenio, contactos por carta o teléfono de línea, favores personales y una pasión inmensa por hacer que las cosas sucedan. Así se hizo posible un concierto que, contra todo pronóstico, quedó para la historia.


Llegada del maestro

Cuando su avión aterrizó en el aeropuerto de El Alto, Leonard Bernstein fue recibido con una calidez que trascendía lo protocolar. Como parte del recibimiento, lo esperaba una pequeña llama, que fue presentada como un gesto de cariño y bienvenida andina, provocando risas, fotos y el asombro encantado del director.

 

Un grupo de músicos bolivianos, tocando piezas tradicionales andinas, se reunió para darle la bienvenida con sonidos que evocaban la tierra, la historia y la identidad cultural del país. Entre el comité también estaba Mauro Núñez, reconocido charanguista, quien le obsequió a Bernstein un charango, ese pequeño instrumento de cuerdas que simboliza nuetra música y el alma de los Andes. 

 

Con una sonrisa franca y emocionada, Bernstein no solo aceptó el regalo con respeto, sino que se sentó allí mismo a tocar con todos. Fue un instante donde se borraron las fronteras entre culturas y continentes, un encuentro espontáneo y auténtico donde la música se convirtió en el lenguaje común que unió a Nueva York con las alturas de Bolivia. Esa bienvenida quedó grabada en la memoria de todos lo presentes como un símbolo del poder transformador del arte.

Mi abuelo recordaba con algo de tristeza que hubo poco apoyo en la difusión. Nadie sabía bien qué era lo que iba a pasar. Todo se hacía a pulso. Y llegó un punto en que, unas horas antes del concierto, viendo aún algunas butacas vacías, mi abuelo hizo algo que me estremece cada vez que lo imagino: se paró en la puerta del Teatro Municipal y empezó a invitar a los transeúntes. A convencer, con argumentos y encanto, a quienes caminaban por la calle, de que adentro estaba por ocurrir algo irrepetible. Y era verdad.

El telón del Teatro Municipal de La Paz se abrió y, antes de cualquier sinfonía, la Filarmónica de Nueva York —nada menos— interpretó los himnos nacionales de Bolivia y Estados Unidos. Una declaración poética de respeto mutuo, diplomacia cultural y, sí, de posibilidades compartidas. Imaginen eso: en pleno 1958, a más de 3.600 metros de altura, dos mundos saludándose en clave de do mayor.

 
El primer concierto desplegó un programa tan diverso como brillante: la Sinfonía “Londres” de Haydn, la poderosa Tercera de Roy Harris, la siempre encantadora Un americano en París de Gershwin y la hipnótica La Valse de Ravel. Al día siguiente, el viaje emocional continuó: se abrió con la luminosa y vivaz Cuarta Sinfonía de Mendelssohn —que reemplazó, por razones que desconozco, a la originalmente anunciada Sexta de William Schuman—, siguió con la intensa Sinfonía India del mexicano Carlos Chávez y cerró con la desgarradora Cuarta de Tchaikovsky.


La respuesta del público fue, en palabras de mi abuelo (cito), "tan cálida como altiplánica: ovaciones sinceras, una mezcla de asombro y gratitud, y la sensación colectiva de estar viviendo algo que no se repetiría. Porque, en el fondo, todos sabíamo que esa noche estábamos escuchando historia."

La prueba, el legado y el eco que no se apaga

Aprovechando el silencio global que nos trajo la pandemia, me animé a contactar a la Filarmónica de Nueva York, específicamente a su archivo histórico, contándoles mi deseo de escribir este texto. Fueron generosos y atentos: me enviaron fotografías y documentos que no solo confirmaron lo que me había contado mi abuelo, sino que lo revistieron de una luz tangible, casi mágica. Ahí estaba, en blanco y negro, esa noche que él me relató con brillo en los ojos. No era mito. Era memoria viva.

Detalle del programa

Todo eso —la logística imposible, el presupuesto ajustado, los obstáculos, las carencias, el fervor— se condensó en esa noche. No fue solo un concierto. Fue un hito. Fue una declaración de que Bolivia podía estar en el mapa cultural del mundo. Que el arte no tiene fronteras, y que a veces solo necesita a alguien lo suficientemente terco como para abrirle el camino.

Mi abuelo terminó su relato asegurándome que la UMSA solicitó el permiso y realizó una grabación del concierto. Es un dato que me ha rondado por años, aunque, lastimosamente, no he podido corroborarlo ni encontrar registro alguno que lo confirme. Aun así, me aferro a esa posibilidad como quien busca un eco perdido en el tiempo. Y sueño, con todo el corazón, que para los 70 años de aquel concierto —en 2028— podamos repetir la experiencia: volver a llenar el Municipal con las nota de la Filarmónica de NY y volver a abrazarnos con música.

Yo lamento no haberle preguntado más cosas. No haber aprovechado mejor sus historias en vida. Pero me consuela haberle escuchado esa. Porque en ella también está la mía. Y cada vez que la cuente o alguien la lea aquí, sentiré que su legado no se ha ido: solo cambió de cuerpo.

Mi abuelo trajo a Leonard Bernstein a Bolivia. Yo sigo trayendo historias al escenario. Y en cada una de ellas, siento que su gesto y ejemplo viven en mí.

Comments

  1. De lo mejor que leí 🫶🏽👏🏽👏🏽👏🏽, un texto como vos... Lleno de pasión. Felicidades Luisito!!!

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